La semana pasada os explicamos todo acerca de cómo curar una herida. Y lo hicimos porque, quien más o quien menos, todos tenemos que vernos en alguna situación así. Resulta muy práctico conocer cómo debes proceder y, por encima de todo, qué no debes hacer nunca bajo ningún concepto. Esto también os lo detallamos en aquel otro artículo, ya que existen muchos mitos alrededor de la cura de heridas. Hoy, sin embargo, queremos hablaros de un tema que, al margen de su posible utilidad práctica, intenta satisfacer la mera curiosidad humana.

 

Fases de la cicatrización

Se trata de las fases de la cicatrización. Son los pasos que sigue nuestro organismo para curar nuestras heridas una vez que nosotros hemos tomado las medidas necesarias. Pasos que nuestro sistema inmunitario ejecuta en perfecto orden y con precisión de reloj. Si tienes tanta curiosidad como nosotros, síguenos porque vas a aprender muchísimo acerca de tu propio cuerpo. Y eso, puedes imaginarlo, nunca viene nada pero nada mal. Empecemos por la coagulación, la fase número uno del proceso de cicatrización.

 

Coagulación

Es la primera respuesta de nuestro organismo ante cualquier herida. Una medida de emergencia cuyo principal objetivo es bloquear el drenaje del fluido sanguíneo. De manera más precisa, la coagulación incluye la activación, adhesión y agregación plaquetaria, además del depósito y maduración de la fibrina gracias a la presencia de una enzima llamada trombina. De esta forma, en la fase de coagulación se produce una transformación de la sangre de estado líquido a gel. Este gel es el llamado coágulo que detiene la hemorragia.

 

Fase inflamatoria

La siguiente de las fases de cicatrización es la fase inflamatoria, también conocida como fase defensiva. Se inicia cuando unos glóbulos blancos específicos llamados neutrófilos entran en la herida. ¿Su cometido? Arrasar con cualquier elemento nocivo para nuestro organismo, sobre todo bacterias. Funcionan entre las 24 y las 48 horas después de producirse la herida y, en cierto punto, comienzan a desaparecer del entorno dañado. Es entonces cuando aparecen los monocitos y evolucionan a su forma de macrófagos.

Lo que harán estos macrófagos, al igual que los neutrófilos, es seguir eliminando elementos perjudiciales. Para ello recurren a la fagocitosis, la excreción de citoquinas y la síntesis de óxido nitroso, una sustancia fundamental ya que actúa como antimicrobiano natural. Por regla general, esta fase inflamatoria de la cicatrización acaba al cuarto o quinto día de producirse la herida. Es hora de que tenga lugar la tercera fase.

 

Fase poliferativa

La fase poliferativa de la cicatrización tiene una meta muy concreta: regenerar el tejido orgánico dañado con la herida. Aquí dividimos entre tres subfases. La primera, la granulación, producida por la aparición de los vasos sanguíneos. La segunda, la epitelización, en la que los queratinocitos regeneran la barrera contra la infección. Y, la tercera, la contracción, en la cual los bordes de la herida se aproximan más rápidamente gracias a la acción de los miofibroblastos. De esta manera, la herida va por fin cerrándose.

En términos aproximados, esta fase suele durar hasta las dos semanas después de que se produjese la herida. La fase poliferativa termina entonces, dando paso a la cuarta y última de las fases de la cicatrización: la fase de la remodelación.

 

Fase de remodelación o maduración

También conocida como fase de maduración, la fase de remodelación supone el fortalecimiento del tejido que ha sido regenerado por nuestro organismo. Las fibras de colágeno que lo componen se reorganizan y se produce un incremento de la resistencia a la tensión.  Dependiendo de la profundidad y gravedad de la herida, esta fase puede durar unas tres semanas o incluso dos años. Pero, aunque interesante conocerlo, nuestro organismo es lo suficientemente inteligente para hacerlo todo solo. Lo único que tú tienes que hacer es tener cuidado.